jueves 2 de febrero de 2012


Premiere de The Black Book en Berlín


En mayo de e2007, se presentó en Berlín la última película de Paul Verhoeven, The Black Book, (El Libro Negro). La película es, como no podía ser menos, una lección de cine a la antigua usanza, con los típicos toques negros, sórdidos, pesimistas, y sucios, que tanto le gustan al director holandés.

Mi amigo José Luis, antiguo compañero de aventuras de El Sueño Eterno, un programa de cine que hicimos junto con Luis Mi, en la RKV (la radio universitaria Oscense) durante ocho años, estaba de visita junto con su chica. Y como es hombre avenido a este tipo de actos, allí se presentó. Gracias a los pases de prensa que conseguíamos como corresponsales de la RKV, vivímos más de cerca el festival de cine de Huesca, y alguna que otra, ceremonía de clausura, (el momento con Aitana, a la que casi dejo ciega, al dispararle los dos flashes de mi cámara). Ella se mostró también muy abierta, y comunicadora.

Aquí están las fotos que tomó de la premiere en Berlín. (¿Qué diría Humberto José, de todo esto?). Con lo que teníamos que sufrir cada vez que "viajábamos a Los Ángeles" a la ceremonia de los Oscars cada año. El equipo del Sueño Eterno no perdonaba ninguna. La vuelta, como siempre, la teníamos que hacer en Zodiac.
Paul Verhoven, tan pasional, y gesticulante como siempre. Sebastian Koch, muy profesional, y un tanto distante, y Tom Hoffman, un poco a su aire. Carice Van Houten, más delgada que en la película, sin embargo, brillaba con luz propia.


martes 31 de enero de 2012

La ra la ra la ra

El otro día estaba haciendo zapping por el Plus antes de irme a dormir. En el canal de cine español, estaban echando "Se armó el Belén", película Española protagonizada por Paco Martinez Soria, en 1970.

La escena en concreto era una pelea en un baile. Todo el mundo se liaba en una gresca monumental, mientras el cantante del grupo les decía al resto de los músicos que "siguieran tocando", ante la desesperación del Sacerdote, que encarnaba Don Paco.

Me vino a la memoria una escena clavada, que vivímos en carne propia, en un pueblo de colonización cercano a Huesca, cuyo nombre sí recuerdo, pero no voy a mencionar, más que nada, porque los tiempos, afortunadamente, son otros.

Finales de octubre del 82. Mi segundo verano como músico pachanguero. 18 años recién cumplidos. Un salón de baile que sonaba fatal, pero que estaba lleno casi en su totalidad. ¿Cómo podíamos sonar en ellos? La respuesta la encontré años más tarde: No se podía.

Una canción tras otra, esa única sesión de baile iba transcurriendo con rutinaria normalidad. Una pareja de chavales, chico y chica, bailaban dando saltos por toda la pista. No creo que tuvieran 14 años, y se les veía majetes. En realidad, no hacían más que empujar a todo el mundo, y finalmente, chocaron contra un matrimonio de mediana edad.

El hombre, fornido y con bigote, como reproche a la actitud un tanto gamberra, pero inocente del chaval, le arreó un puñetazo en la cara. El crío marchó al suelo, ante la desesperación de la chavala que le acompañaba. Otra pareja cercana, le increpó al gorila su actitud. Como respuesta, éste le arreó otro puñetazo al increpador..., y la que se lió.

¡Madre mía! Aquello era el oeste.

Todo el baile estalló en una pelea fenomenal. Gritos, puñetazos por todas partes, las mujeres se tiraban de los pelos, y se arrastraban por el suelo, entre insultos, chillidos..., y nosotros, arriba, tocando el "arriba con el tirorí, abajo con el tirorero...".

Santa inocencia la nuestra. Terminamos el tema, pero el dantesco combate continuaba. "Seguid, seguid tocando", dijo Eduardo, el guitarra del grupo, "como vean que nos estamos riendo, igual suben a por nosotros"...

Así que continuamos tocando cualquier cosa.

La pelea terminó por agotamiento entre ambas partes. Se juntaron dos bodas ese día, y en vez de cantar, y bailar, decidieron liarse a puñetazos. Aragón.

Momentos así, afortunadamente, vivímos muy pocos. En tierras de Huesca, sólo éste. En Zaragoza ya estaban más acostumbrados a solucionar cualquier pequeña diferencia a tortas, cuando no, a pedradas en la cabeza.

Llegamos al descanso, pero el mal ambiente continuaba. Mucho macarreta de pueblo, con escasas luces, molestándonos en el bar, mientras intentábamos mantener la calma.

Al acabar la sesión, recogimos todo rápidamente, y no nos despedimos de nadie.

Y al año siguiente, volvímos en verano, y estuvo bien, como también lo estuvo 3 años más tarde, con otra orquesta.

Había que echarle muchas ganas cada vez que nos subíamos a la furgoneta, que tenía escape de humos en el interior, y no funcionaba la calefacción, para coger la carretera y tirar millas, pero a veces, hasta nos lo pasábamos bien y todo. Pioneros, y cierto sentimiento de camaradería, hermandad, y ganas de tener un material mejor, o de pagar el que habíamos comprado.

Al mes siguiente, me compré un Fender Rhodes, de 120 kilos de peso. Lo tuve 22 años, y aún rula por ahí.